Mira el teléfono.
Comprueba la línea.
Se tumba en la cama mirando al techo blanco.
¿Por qué no llama?
¿Eso ha sido un ring?
Corre hasta el teléfono. Descuelga. Un largo pitido.
Rebufa. Lee la misma página diez veces.
Mira el teléfono de nuevo.
No habrá cobertura. No tendrá saldo. Tendrá el número mal. Estará esperando a la noche, con más tiempo para hablar. Es demasiado pronto. Es demasiado tarde. Me enviará un mensaje.
¿Qué excusa más le queda?
Se muerde las uñas.
Mira la tele. Sin volumen.
Se hace la despistada.
Camina por la casa.
Hace el pino.
Tararea.
Vuelve a mirar el teléfono.
Se sienta frente a él con algo de fruta y agua.
Se queda dormida.
Se despierta sobresaltada y descuelga. Un largo pitido.
¿Por qué no llama?
No señor, no piensa quedarse ahí, esperando y muriéndose de asco.
Hace el amago de salir por la puerta.
¿A quién va engañar?
Se vuelve a sentar frente al teléfono.
No le quedan uñas.
Suena el teléfono.
El corazón le da un vuelco.
Se reprime para no descolgar de inmediato.
Espera al tercer ring para cogerlo.
Pero este nunca llega. Descuelga.
¡Han colgado!¡Dios!
¡Cómo ha podido ser tan tonta!
El teléfono vuelve a sonar.
Lo descuelga de inmediato.
¿Diga?
…
No, se equivoca de número.
Cuelga.