El sabor de una piruleta abierta a escondidas.
El sonido de la vieja tetera al hervir.
La sensación de velocidad y libertad haciendo ruedas en el césped del patio trasero.
Todos tenemos nuestros sitios seguros. Sitios, momentos, sabores, generalmente situados en nuestra infancia, dónde nada nos puede dañar. Porque estamos en un estado, seguramente idealizado, de invencibilidad.
Como el abrazo del amante.
Como el viento en la cara en el tobogán.
Como aguantar la respiración bajo el agua de la piscina comunitaria.
Esos lugares a los que volvemos cada vez que nos sentimos perdidos, solos, amenazados.
Al principio vuelves muy de vez en cuando a ellos.
Una mala nota en la universidad, aquel campamento de verano.
Una decepción amorosa, el tacto del abrigo de tu abuela en tu rostro.
La primera traición a tus ideales, el olor a bizcocho y a chocolate y a libro nuevo.
Y cada vez recurres a esos lugares seguros más a menudo.
Y llega un punto en que todo lo que deseas es volver a aquel paseo en bicicleta, a esa película de Disney, a aquella canción perfecta. Porque nadie te dijo que esto iba a ser fácil pero tampoco nadie te dijo que esto iba a ser tan difícil.
Y últimamente te pasarías todo el día haciendo ruedas.