No quiero decírmelo pero.
Pero.
Pero ya me lo dije.
La vi venir desde muy al principio e intenté avisarme.
Pero no me escuché.
Yo sabía que no me convenía, que era meterme en uno de esos líos a los que tengo tendencia.
Pero no me hice caso, no quise aceptar mis consejos.
Era la historia de siempre empaquetada en holas que tales tan encantadores en su aroma de falsa novedad. En serio, estaba clarísimo para mí pero cómo me aprecio, me dejé hacer. Cómo me importo, me dejé caer. Aunque me vi acercándome al desastre tan claramente que casi me grité.
Me lo quise decir en las primeras miradas en la distancia, en las siguientes sonrisas a media distancia, en las consecuentes palabras tímidas en la distancia corta. Casi hasta me detengo cuando me lancé. Pero me callé y me dejé descubrirlo por mi mismo.
Estuve tentado de susurrármelo antes del primer beso, entre el primer roce y la primera noche. Quise sacarme a rastras de esa habitación de hotel pero yo, claro, no me quise marchar.
Es que es difícil ser mi amigo, dividido entre decirme la verdad cruda o serme amable.
La cuestión es que no descubrí mi error hasta que me di de bruces y por eso estamos en esta situación tan incómoda dónde, muy a mi pesar, me suelto un gran pero.
Pero.
No quiero decírmelo pero me digo que ya me lo dije.
Ya me dije que esto iba a acabar mal.