Estáis sentados en esa cafetería, casi tan vieja como vuestra amistad.
Nadie diría, por la complicidad implícita, que hasta hace media hora la última vez que os visteis fue una década atrás.
Ahí estás tú, sentado con las piernas cruzadas, sonrisa abierta y gesticulando con las manos, sin llegar a apoyar los codos en la mesa circular. Cualquiera diría que te has pasado la tarde ensayando ante el espejo.
Y ella se ríe y casi tira el café cuando trata de tomar un sorbo.
Sigue hermosa, le dices cuando ella reconoce que no te recordaba tan atractivo.
Ni siquiera os ruborizáis, como si fuese lo más corriente halagar a alguien tan lejano en el tiempo y tan cercano en el espacio.
Sonreís con confianza y os alegráis aún cuando ambos pensáis lo siguiente: en realidad somos dos desconocidos con un pasado en común.
En cuanto empezáis a recordar anécdotas os sentís más cercanos y esos años se van reduciendo a meses que parecen semanas con sabor a días.
Contáis con la ventaja de que habéis perdido la ingenuidad y la timidez de antaño. Sólo así se explica que seáis capaces de asumir y comentar los grandes y profundos temas con serena sabiduría asentada.
Al cuarto de hora ya habéis dejado de hablar del trabajo y os centráis en las relaciones sentimentales, lo que os consume la siguiente hora. Un vaya asombrado da paso al presente más inmediato y a la incertidumbre del futuro cercano y las esperanzas depositadas con alto interés en el banco de los ideales.
Entre vosotros, aparte de esa mesa circular y un par de cafés, se sienta cómodamente una atmósfera de dos personas que se acaban de conocer y ya se conocen, que ya se conocían y se están conociendo.
Y ese café se os convierte en una cena.
El primer brindis con vino italiano es por el ansiado reencuentro y el último por el próximo deseado reencuentro.
Entre ambos brindis empezáis a tomar gustosamente una seguridad y confianza depositada en ese hecho que os sorprende más o menos cada cinco minutos: la última vez que hablasteis erais niños, ahora sois adultos. La última vez que hablasteis soñabais un futuro que ahora estáis atravesando.
Cerráis el restaurante.
Camináis por la calle anochecida en recuerdos. Las bromas son las adecuadas, los comentarios acertados, las miradas aguzadas, las sonrisas seductoras.
Ese semáforo os enfrenta bajo la luz amarillenta de esa ciudad que os ha visto crecer, separaros, evolucionar y volveros a encontrar.
¿Es vuestra imaginación o aquí está pasando algo más que una sucesión de entrañables batallitas? Algo más que un simple reencuentro…
¿Qué corazón late más rápido?
Os prometéis un próximo reencuentro cuando el futuro cercano sea el presente certero.
Ese abrazo no es el de dos personas que llevan diez años sin estar en contacto.
Ese aliento compartido es algo inesperado.
Y de repente os dais cuenta de que no habéis formado parte del pasado cercano de la otra persona pero estáis a punto de formar parte de su futuro inmediato.