De mujeres y otras epidemias

28 08 2008

 

Era diferente entonces. Y no supimos apreciar lo que teníamos hasta que fue demasiado tarde. Como suele pasar a menudo. Pero eso fue mucho antes de La Gran Epidemia. Mucho antes de que la existencia en la Tierra se viera amenazada hasta el borde de su extinción. Mucho antes de que todas las mujeres murieran.

 

Empezó detectándose en las ratas, cómo suele pasar a menudo. Luego se extendió a las aves y se creyó entonces que era un nuevo brote de la gripe aviar. Hasta que empezó con los humanos. Fue en Lima donde se detectó el primer brote.

En el plazo de un mes setecientas mujeres de todas las edades murieron. Se decretó el Estado de emergencia, hubieron evacuaciones, murió gente arrollada por la avalancha de gente.

El pánico se hizo global.¿Porque sólo habían muerto mujeres?¿Era algún castigo de Dios?¿Una plaga?

Los científicos comenzaron a debatir si se expandía por el aire, por el agua o por la comida. Y porque sólo afectaba a las mujeres.

Y se le dio un nombre: el virus Shiva.

En el siguiente mes brotó en Haití, Cuba, Tejas. Para cuando hubo llegado a Nueva York las victimas diarias se contaban a centenares.

Surgió la Teoría del Reloj de Arena, que hipotizaba que el culpable era un gen recesivo asociado al gen XX que había esperado miles de años para activarse. Infinidad de sectas que surgieron al respecto. Los kalaístas y la trágica Matanza de Ulaanbaatar son, quizás, los más conocidos.

El virus tardó menos de seis meses en saltar al viejo continente. Y apenas dos años en acabar con el 75 por ciento de la población femenina mundial. Los científicos no supieron encontrar una explicación lógica ni un remedio adecuado. Las explicaciones eran poco convincentes. Aún así el virus era piadoso en su forma de actuar, al contrario que otros como el Ébola. Las mujeres simplemente entraban en una especia de trance y se quedaban dormidas. Para siempre.

Por eso también lo llamaron la enfermedad de la Bella Durmiente

Contra reloj se avanzó espectacularmente en el campo de la genética con el fin de congelar óvulos y desarrollar maneras de perpetuar el género femenino. Todas las religiones del mundo dejaron de lado sus prejuicios para unirse a la causa.

La Última Mujer Fértil murió en una favela de Río de Janeiro, cerca de donde ahora está el Monumento a la Mujer. En el año siguiente fenecieron el resto de niñas y adolescentes aún no fértiles.

El mundo estaba de luto y se encaminaba hacia su extinción.

Sin estar demasiado clara su relación directa con la desaparición total de las mujeres, las Cinco Grandes Guerras se declararon en el Mes Fatídico. Una en cada continente. Once millones de hombres murieron en el Bombardeo de Mumbay. El mundo estuvo a punto del holocausto nuclear.

Los siguientes diez años fueron duros. Muy duros. La humanidad fue un colego de chicos, como solíamos denominarlo, intentando quitar dramatismo a la situación.

El mundo fue un lugar más inhóspito sin las mujeres en él. Ni todos los libros y las películas servían para rememorar cómo las mujeres movían la existencia, como toda nuestra vida giraba en torno a ellas a pesar de nuestras quejas, nuestras peleas, nuestra incomprensión. Entendimos al fin cuan poco las entendíamos y cómo aportaban equilibrio al mundo.

Cuando todas las esperanzas estaban perdidas, tras una década sin mujeres, un científico alemán presentó el primer útero artificial.

Fue el video más visto en la historia de Youtube. Un cilindro de cristal de dos metros de radio y relleno de líquido amniótico artificial. Un año y medio después nacía el primer humano artificial. La primera mujer que nacía en dos décadas (periodo que posteriormente conoceríamos como la Gran Sequía). La llamaron Eva Segunda, por supuesto. Una alteración genética diseñada para soportar al virus Shiva.

Y así le siguieron otras.

Y pronto el mundo volvió a estar poblado de mujeres.

Volvió el equilibrio al mundo.

Aunque nada cambió. Los hombres continuamos sin comprender a las mujeres.








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