Fue así de simple, sin aparentes síntomas previos.
Sucedió una mañana de viernes.
Se levantó cómo cualquier otra mañana y practicó su rutina habitual de aseo, ingestión de alimentos y
vestimenta adecuada para encaminarse a la rutina habitual de trabajo, ingestión de alimentos, trabajo y vuelta casa.
Ese tipo de rutina que le hacía sentir seguro.
Al principio creyó que era la gente que iba con prisas.
Un hombre corpulento chocó con él en la entrada del metro y ni siquiera se disculpó.
Luego le arroyaron en la entrada del vagón, impidiéndole entrar.
A eso le siguieron pisotones, empujones y encontronazos varios.
En la calle, la repartidora de los diarios gratuitos le ignoró.
La vendedora de flores le estampó un ramo de rosas frescas en plena cara.
La muchedumbre junto a la entrada de su trabajo le apisonó.
Pero pensó que simplemente estaba siendo un inicio de día pésimo.
Se consoló pensando que al fin era viernes.
Hasta que entró en la oficina y siguiendo con su rutina habitual saludó a sus compañeros.
Ni uno respondió. Entonces, cuando se sentó frente a su compañero de trabajo de los últimos tres años empezó a atar cabos.
Aunque rápidamente desestimó la idea por absurda.
Saludó a su compañero. Una y otra vez, sin obtener respuesta.
Entonces comprendió. Entonces decidió aceptar la realidad.
Antes se subió encima de la mesa y pegó un grito para cerciorarse. Nadie reaccionó.
Era invisible.
Nadie le podía ver.
En ese momento se puso a pensar en las infinitas posibilidades de ese superpoder.
Salió a la calle sintiéndose poderoso.
¿Espiaría a las personas que le interesaban?¿Robaría?¿Haría el travieso levantando las faldas de las chicas?
Tras un rato de diversión se dio cuenta del verdadero dramatismo de la situación: nadie le hacía caso, nadie notaba su presencia.
No contaba para nada.
No sabía cómo había llegado a esa situación ni cómo salir de ella.
Pero sabía que era una condena con la que tendría que vivir.
Y sufrir.
Solo.
Hasta que alguien lo volviera a ver.
Y se hiciera visible de nuevo.
Quizás.