Nube número nueve

7 10 2008

 

A ti, que llegaste inadvertida como el rocío al amanecer, depositándote en mi piel, penetrando por los poros de mi inconsciencia y condensándote en las raíces de mi voluntad.
A ti, que parecías llovizna pero fuiste lluvia permanente que caía en diagonal, mojando la temperatura de mis anhelos.
A ti, que dejaste pasar los rayos de sol a través de esa niebla de incertidumbre, ese excitante fenómeno más meteórico que meteorológico.
A ti, pequeño astro que hiciste que el tiempo mejorara y yo pudiera sonreir a los rayos diurnos calentando mi rostro.
Porque contigo el cielo fue límpido y pude ver por primera vez el tiltileo de las estrellas, sentir ese cometa de furor que anonadó mis sentidos.
Porque desde el primer momento quise una noche de San Lorenzo para declarar mi admiración por tus lágrimas fugaces.
Porque contigo, vapor de caramelo, sentí la calidez en mi interior, en ese invierno en el ecuador de mis sentimientos.
Porque fue en tu mar de abrazos donde comprendí que siempre había querido navegar en ese océano mecido por la más pura y devota brisa.
Fue en ti que se deslizaron las tierras entre aludes de asombro y cálidas corrientes de intimidad, y aquello que fue sequía dio paso a precipitaciones y promesas de un futuro de presión alta, demasiado alta. Convergimos en la estación de los monzones pero éstos ya se habían transformado en alguna región tropical donde nos soltamos de la mano del mundo y nos perdimos observando los patrones del calor liberado en la atmósfera de nuestra complicidad.
Ahora, en esta época de fenómenos tan extraños, cargados de un clima indescifrable, recuerdo aquella calma antes de la tormenta, cuando cualquier arco iris parecía posible, cuando luchamos contra turbulencias y ciclones por suspendernos en la atmósfera y no tocar el suelo, como cristales de nieve sin precipitar. 
A ti, mi nube número nueve, ahora que ha despejado y la décima nube está ya en el horizonte.








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