Lavapies

19 05 2008

El pasado fin de semana estuve en tierra ajena, en una lejana comunidad, en una ciudad que no duerme en mi cama, en la capital del Reino de España: Madrid(también conocida como MadriZ, MadriT o mi preferido, los Madriles).
Allí me preguntaron a menudo si me sentía cómodo en territorio enemigo, por aquello de ser catalán en la tierra del Real Madrid.
Como considero que tengo mejores formas de perder el tiempo que ver el fútbol y mi sangre es argentina y mis raíces italianas, la verdad es que me siento muy cómodo en tierra enemiga. Madrid es una ciudad que me gusta casi tanto como Barcelona: quizás sólo le falta el “pa amb tomaquet”, algo más de sol y un poquito de mar.
Por lo demás tiene ese fantástico ambiente por todas partes: el Parque del Retiro es como una Ciudadela cinco veces más grande y con una gran vida dominical: gente remando en botes por el lago, abuelitos paseando, magos, africanos tocando el tambor junto a otros que fuman porros o yacen en la hierba.
En Madrid pides una cerveza y te dan una tapa gratis.¿Qué más puedes pedir?
Y además tienen ese metro tan divertido que te recuerda que entras en una estación en curva y que vigiles no meter la pata entre el coche y el vagón. Deben haber tenido algún gran susto porque la mujer no para de repetirlo.
Luego están los andenes curvados que me recuerdan tanto a los parisinos, con esas baldosas blancas, deliciosamente kitsch. Pero lo que me cautiva más son los nombres de las estaciones: Delicias, Bambú, Mar de Cristal, Esperanza…¿Cómo no disfrutar bajándote en Pan Bendito?¿Cómo no echarte unas risas pasando por Estrecho o Empalme?
Madrid es diferente y cosmopolita, palaciega y moderna, enorme y paseable. Comen bocadillos de calamares(aunque no le ponen tomate al pan!), y circulan por la izquierda. Bueno, eso último sólo en Inglaterra.
Paseando con mis buenas amistades acabamos bajando en Lavapies (otro genial nombre) y entonces ya no estaba sólo en una ciudad diferente.
Entonces entré en un mundo aparte.
En el par de horas que estuvimos por allí yo era el extranjero de aquel sitio situado en una borrosa frontera entre India y Pakistán, una Cachemira pacífica y difuminada.
Durante todo el tiempo que pasamos por allí éramos nosotros los foráneos. Según una acompañante, comimos en un indio con exactamente la misma comida que se puede conseguir allí. Había conseguido mi sueño de visitar la India sin salir de la península.
Con el 10% de población inmigrante(alrededor de 4,5 millones de personas), España es un hervidero de culturas. Pero esto no nos debe extrañar teniendo en cuenta que este es un país que desde tiempos inmemoriales ha acogido todo tipo de visitantes e invasiones(celtas, fenicios, cartagineses, griegos, romanos, visigodos y musulmanes).
Ahora que la discriminación hacia magrebís está tan de moda parece que la amnesia histórica impide a la gente recordar que España fue una vez un reino moro, Al-Andalus, durante 750 años. Siete siglos. Y que probablemente muchas de sus tataratataratatarabuelas tuvieron un asunto de cama con algún musulmán y por tanto una pequeña fracción de su sangre es árabe.
La multiculturalidad, la mezcla de razas, es la tendencia del mundo actual, que deberíamos abrazar y celebrar.
Entonces, al atardecer, salimos de Lavapies y seguimos hacia Sol, regresando a España.

Sólo que nunca la habíamos dejado.








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