Si ves a Cora dile que aún tengo ese cascabel que se dejó en mi piso. Dile que si lo quiere puede pasar cuando le venga bien. Así podré reconocerla cuando me la cruce en cualquier lugar, como solía hacer, cuando cerraba los ojos y la seguía por las callejuelas anochecidas de nuestros inicios. Dile que trabajo mucho pero que siempre tengo tiempo para ella, aunque ya nunca responda a mis mensajes.
Si ves a Cora dile que la quiero. Dile que la echo de menos y que quiero que vuelva. Si te cruzas con ella, obsérvala y cuéntame como está, descríbeme detalladamente si aún lleva ese flequillo caoba que le hacía cosquillas en los párpados, si sus ojos siguen siendo de ese perturbador verde trébol o si por el contrario se han vuelto grises como mis mañanas sin ella. Y recuerda fijarte en sus mejillas, sus hombros y su pecho por si tal vez alguna peca se le desprende y pueda poseer de nuevo parte de su esencia.
Si ves a Cora dile que pienso en ella. Dile que no la entiendo y que sigo confuso. Y sí, dile que sigo siendo el mismo raro que la hacía reír. Si tienes suerte y la ves en aquel café, en el boulevar donde yo nunca más la he vuelto a encontrar, acércate sigilosamente, por detrás y cuéntame si aún lleva ese perfume de arándanos. Porque no hay día en que no quiera aspirar esa fragancia de su cuello. Y dile que no necesito que me arreglen, porque no estoy roto. Pero díselo poco convencido, que sepa que en realidad jamás entendí porque se marchó.
Si ves a Cora dile que la perdono, que perdono que saliera cuando debía entrar, que no siento rencor por sus miedos o sus prejuicios, que no la odio. Si la ves pregúntale que fue lo que dije o lo que dejé de decir porque me siento esclavo de mis palabras y dueño de mis silencios. Escucha lo que dice atentamente por si pronuncia mi nombre, aunque sea para mal, si acaso no lo ha olvidado ya o si alguna vez lo memorizó. Mira como se ríe y dime si lo hace cómo conmigo porque eso significará que ya hay quien llene sus tardes de domingo.
Si ves a Cora dile que aún me acuerdo de ella cada vez que tomo un after eight. Dile que no basta su indiferencia para lavar el recuerdo que dejó en mí y comenta, casi de soslayo, que voy hablando de ella con todo el mundo que me encuentro. Pero aclara que hablo bien de ella aunque estrujara mis esperanzas y anudara mis pasos comedidos. Y hazle entender que, aunque aquella noche, en aquella fiesta, en aquel rincón, me dijera que era hora de romper lazos antes de que nos ahogaran, que llega un punto en que todo pájaro tiene que volar y en que toda rosa tiene que morir, ella se marchó pero nunca me dejó, nunca dejó mi interior. Porque aún sigo pensando mucho, mal y en la dirección equivocada.
¿Sabes qué?
Si ves a Cora dile que estoy bien, que soy feliz y que la he olvidado. O algo así.