Estaba escrito en rojo intenso en un post-it amarillo chillón. La parte del adhesivo estaba desgastada y ennegrecida y tenía una esquina doblada. Tan sólo dos palabras escritas:
“LLEVAR CONFETI”
Tan enigmático mensaje me consumió todo el día desde el momento en el que me lo encontré sobre la mesa de mi habitación
¿Debía comprar y llevar confeti a alguna fiesta de cumpleaños?¿Cuándo había hecho yo algo parecido antes?
Agotado, al anochecer, me lamenté, maldije mi memoria de pez y blasfemé un rato. Luego me quedé dormido.
Al día siguiente revisé en mi agenda los cumpleaños de familiares, amigos y ex-parejas a los que aún felicitaba pero curiosamente el aniversario más cercano era de tres semanas atrás y el próximo era el mío ¿Llevar confeti a mi propio cumpleaños? Sonaba demasiado patético incluso para mi así que descarté los cumpleaños.
¿Qué entonces?¿En que ocasiones lleva uno confeti?
Aún no era fin de año y faltaba mucho para carnaval.
La Wikipedia me dijo que confetti es una palabra italiana que designaba pequeños dulces hechos de almendras y azúcar, usados como regalos de matrimonio y curiosamente la palabra italiana para confeti de papel es coriandoli.
Bien, ahora era un poco más sabio pero seguía igual de confuso y más enrabiado.
Así que decidí irme de copas.
Con unos mojitos de más encima le conté a mi amigo mi última obsesión y recibí como respuesta una risa y un “conozco un local nuevo” que me tentó vagamente. Así que salimos del Princesa y nos internamos por las callejuelas oscuras y tortuosas del barrio medieval.
Una puerta rústica de madera con un arco superior y rematada con clavos y herrajes de forja nos esperaba al final del estrecho laberinto de callejas.
Mi amigo me miró y llamó a la puerta golpeando con los nudillos en una secuencia que no acerté a descifrar. La puerta sonó a madera maciza. Luego se abrió sin hacer el chirrido característico que esperaba.
Del interior salió un tipo de seguridad casi tan alto como la puerta.
Contraseña, dijo muy serio.
Mi amigo me miró, a la espera.
Le interrogué con la mirada, sin entender.
Contraseña, repitió el armario.
Mi amigo seguía mirándome, algo impaciente ahora.
Abrí la boca sin tener idea que decir:
“LLEVAR CONFETI”
Salió de mi boca inconscientemente.
El tipo se hizo a un lado, dejándonos vislumbrar el interior.
No pude creer lo que veía y de pronto todo encajó y comprendí el sentido de la contraseña escrita en el post-it.
Mi amigo me miró sonriendo con complicidad antes de entrar delante mío.
Le seguí.