Duele a nuevo

25 07 2008

 

 

Él se sentía fuera de lugar en todo lugar.
Ella sentía que había nacido en una época que no era la suya.
Fue así que, estando ambos en sitios y momentos en los que no querían estar, acabaron estando ambos en el mismo momento en el mismo lugar.
Estando desubicados por separado acabaron ubicándose juntos.
El resto sería historia pero si lo fuera estas palabras terminarían donde ponemos este punto. Punto.
Y no es así.
Eran ese tipo de pareja que no es ese tipo de pareja.
No eran los empalagosos, no eran los desapegados y no eran los modernos. Eran una pareja a la que se definía a base de negaciones.
Decir de ellos que eran unos inadaptados es no comprenderles. Decir incomprendidos es comprenderles con lo que entramos en una comprensible contradicción.
Nunca sabíamos cuanto tiempo llevaban, ni estaba claro cuando empezaron.
Era un par que iban a la par porque no tenían sin par.
Y algún otro juego de palabras tan tonto como el anterior.
Cuando se casaron no fue la boda tradicional. Y la llamaron boda porque llamarlo celebración de la unión civil y espiritual de dos seres humanos era muy largo para escribirlo en las invitaciones. Que eran servilletas de papel del bar donde se conocieron.
Nos enteramos un miércoles en una llamada a trompicones que “firmaban los papeles” en el ayuntamiento. Un jueves a mediodía buscábamos los anillos en una tienda de empeños y esa medianoche estábamos brindando con licor de hierbas en un chino. Y ese fin de semana nos perdíamos dos docenas de personas en una casa en los Pirineos. Entre cabras y malezas y nieves eternas comimos una parrillada, brindamos por el Che, celebramos el amor y cada uno leyó un poema. 
Hubieron risas y lágrimas y se lloró de alegría y se rió de la tristeza.
Todo lo que intentaban era ser reales.
Ni fieles a si mismos, ni sinceros, ni honestos, ni correctos. Sólo reales.
Porque su definición de una persona real incluía un poquito de todo lo anterior. Todo lo otro era irreal en su definición de irrealidad: hipocresía, maldad, envidia.
Decían medio en broma y totalmente en serio que ellos eran los últimos posimistas, una extraña raza extinguida que mezclaba a los positivos con los optimistas.
Estaban en nuestra vida como vivían la suya, de lado pero sin estar al margen.
Cuando aquella mañana de invierno se despertaron envueltos en esa manta de normalidad, sintiendo el frío de la monotonía, supieron que habían sucumbido al mundo irreal, ese mundo que sabe a hiel.
Cuando se acabó su unión el mundo fue un lugar un poco peor, un poco más irreal, un poco menos posimista.








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