Algunos dijeron que había muerto. Otros que había aparecido en La Pampa de camino al Perito Moreno. Los de allá, que ahora trabajaba en una oficina de nueve a cinco en una ciudad de los suburbios. Y los de más acá, siempre tan osados, que la habían visto conversando con el Dalai Lama en algún difuso punto de la India.
Como la mayoría de la gente, todo lo que os puedo servir de ella es un trago de una memoria fragmentada en una bandeja de incertidumbre.
Si me preguntáis a mi obtendréis una información quizás tan tergiversada como si le preguntáis a ellos. Sólo que ellos (junto con unos, aquellos y esos) sólo la conocían por un amigo de un amigo de la prima de un conocido. Yo la conocía de verdad. De verdad la conocía. O al menos conocí a mi versión de ella.
Y cuando digo conocer quiero decir que ella pasó por mi vida. Y no estoy seguro si pasó, traspasó, resbaló o rozó parte de mi existencia. Pero puedo afirmar de segunda mano que yo compartí un mismo espacio y tiempo con ella aunque con ella el tiempo y el espacio eran dimensiones que adquirían una dimensión más vampírica que empírica.
Como aquel primero de año con el coche en la cuneta de aquella carretera tan perdida que para llegar hasta ella ya estabas casi volviendo. Ese cava nos supo a champán, ese inicio de año nos supo a los doce primeros segundos de la existencia de la humanidad.
O aquel vuelo a Praga donde nos colocamos con el oxígeno de las mascarillas de emergencia.
Supongo que esas son las cosas que con el boca a boca se transformaron en centros de desintoxicación. Y en interrogatorios en aduanas de tierras lejanas. Y en media docena de pasaportes. Y en alguna noche en un calabozo turco.
Se ha ido el fin de semana. Está de viaje. Está dando la vuelta al mundo. Se la vio en el Machu Picchu. Se perdió en el Amazonas. La devoraron las pirañas. La vi ayer en el bar. ¿No es aquella?
La reina del boca-oreja, la esclava de la desinformación.
Puedo revelarlos un cotilleo: que no te quedabas indiferente ante su presencia y sus opiniones, sus ambiguas formas de ver la vida y sus certeras formas de ignorar la muerte. Y no me hagáis hablar de sus performances con su cuerpo desnudo embadurnado en pintura azul klein.
Podías no verla durante meses y estar tomando un café con ella en la terraza de la universidad al instante siguiente. Podías casi desterrarla de tu memoria y estar haciendo un examen al lado suyo al parpadeo siguiente. Y siempre te podía soltar un como decíamos ayer después de un trimestre sin verla aparecer por clase.
De rumor alarmante a temor de ser mi amante.
De arte en una tormenta a artista atormentada.
De noticia del mes a no hay más noticias.
De leyendo libros de urbanismo a leyenda urbana.
Cuando Arena regresó, nos abrazamos de una forma particular, llevados por una mezcla de pérdida y encuentro aunque no supiéramos exactamente que habíamos perdido o encontrado. Ni a quién. Me contó su extraordinaria historia y me pasé los tres días siguientes escribiendo sin parar. Luego enfermé. Y tras aquella vez ya no la volví a ver. Nunca.
Pero sigo escuchando historias acerca de ella.
Como la mayoría de la gente, todo lo que os puedo servir de ella es un trago de una memoria fragmentada en una bandeja de incertidumbre.
Si me preguntáis a mi obtendréis una información quizás tan tergiversada como si le preguntáis a ellos. Sólo que ellos (junto con unos, aquellos y esos) sólo la conocían por un amigo de un amigo de la prima de un conocido. Yo la conocía de verdad. De verdad la conocía. O al menos conocí a mi versión de ella.
Y cuando digo conocer quiero decir que ella pasó por mi vida. Y no estoy seguro si pasó, traspasó, resbaló o rozó parte de mi existencia. Pero puedo afirmar de segunda mano que yo compartí un mismo espacio y tiempo con ella aunque con ella el tiempo y el espacio eran dimensiones que adquirían una dimensión más vampírica que empírica.
Como aquel primero de año con el coche en la cuneta de aquella carretera tan perdida que para llegar hasta ella ya estabas casi volviendo. Ese cava nos supo a champán, ese inicio de año nos supo a los doce primeros segundos de la existencia de la humanidad.
O aquel vuelo a Praga donde nos colocamos con el oxígeno de las mascarillas de emergencia.
Supongo que esas son las cosas que con el boca a boca se transformaron en centros de desintoxicación. Y en interrogatorios en aduanas de tierras lejanas. Y en media docena de pasaportes. Y en alguna noche en un calabozo turco.
Se ha ido el fin de semana. Está de viaje. Está dando la vuelta al mundo. Se la vio en el Machu Picchu. Se perdió en el Amazonas. La devoraron las pirañas. La vi ayer en el bar. ¿No es aquella?
La reina del boca-oreja, la esclava de la desinformación.
Puedo revelarlos un cotilleo: que no te quedabas indiferente ante su presencia y sus opiniones, sus ambiguas formas de ver la vida y sus certeras formas de ignorar la muerte. Y no me hagáis hablar de sus performances con su cuerpo desnudo embadurnado en pintura azul klein.
Podías no verla durante meses y estar tomando un café con ella en la terraza de la universidad al instante siguiente. Podías casi desterrarla de tu memoria y estar haciendo un examen al lado suyo al parpadeo siguiente. Y siempre te podía soltar un como decíamos ayer después de un trimestre sin verla aparecer por clase.
De rumor alarmante a temor de ser mi amante.
De arte en una tormenta a artista atormentada.
De noticia del mes a no hay más noticias.
De leyendo libros de urbanismo a leyenda urbana.
Cuando Arena regresó, nos abrazamos de una forma particular, llevados por una mezcla de pérdida y encuentro aunque no supiéramos exactamente que habíamos perdido o encontrado. Ni a quién. Me contó su extraordinaria historia y me pasé los tres días siguientes escribiendo sin parar. Luego enfermé. Y tras aquella vez ya no la volví a ver. Nunca.
Pero sigo escuchando historias acerca de ella.
Para Arena, donde quiera que esté. A su espíritu rojo y su cabello libre. O al revés