Cinco días de paz

15 03 2009

 

 

Durante cinco días enteros no hubo guerras sobre la faz de su Tierra.

En el espacio que abarca una semana laboral no murió nadie, no se produjeron injusticias y las enfermedades se tomaron vacaciones.

Por el periodo de un, dos, tres, cuatro, cinco días esa bolsa de nervios en el estómago desapareció, los pulmones se expandieron y respiraron tranquilidad. Nuevas arrugas aparecieron en su rostro: sonrisas teñidas de felicidad.

En ese paréntesis sus pies no tocaron la tierra y sus entrañas se sintieron invencibles, dotadas de una paz cercana al nirvana.

Seguro, a salvo, se permitió olvidar el pasado, confiar en el futuro, disfrutar del presente.

Casi por una semana recuperó el rumbo de su vida y la dirigió hacia un sentido, una meta: el camino en sí. Y dejó de lado la anhedonia y hasta casi se permitió el lujo de soñar despierto.

Cuando aquella mañana le anunciaron por megafonía que la tregua se había acabado entró en un estado de shock. Y pudo notar en sus células como la gente volvía a morir, como las desgracias volvían a asolar su Tierra.

Y ahí, inevitablemente, en lo más profundo de sus tripas, los nervios volvieron. Para quedarse.








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