Roma

16 02 2009

He vuelto al café donde tomábamos nuestro postre pero ya no es lo mismo. Quizás han cambiado el chocolate. O ya no trabajan los mismos cocineros. O quizás es que ya no estás tú.
Esta ciudad tiene sabor a nostalgia y sus milenios de historia no llenan ese vacío que siento al pasear por los adoquines de las calles tortuosas. Tengo que repetirme que debo alzar la mirada para absorver una vez más, después de tanto tiempo, la pasión de cada una de las iglesias, de la ruinas centenarias y los monumentos que yacen esparcidos por la ciudad eterna. Porque lo único que quiero es mirar las luces amarillentas que embriagan el anochecer y buscarte en cada librería donde nos refugiábamos para tomar copas gratis y besos robados.
La fuente parece inmóvil ahora que no la miro junto a tí. Como hacíamos puntualmente, he pasado horas delante de ella, ignorando a los turistas, y aprendiendo de nuevo cada detalle, cada doblez en los ropajes de las esculturas, cada caída de agua. Pero ahora es todo banal y ya no me parece esa belleza extasiante que nos quitaba el aliento.
Tomo aperitivos en ese barrio de estudiantes que conocíamos tan bien pero mis platos se quedan a medias porque no estás aquí para compartirlos.

¿Con quién compartes ahora tus copas y tus confesiones indecentes en público?
El té de menta y el narguile no impiden que esos nervios me devoren el estómago sintiéndote tan cerca de mi piel, de mi nuca en tus labios, de tus ojos en mis ojos.
Aún así fumo por ti, rindo homenaje a cada una de nuestras costumbres acumuladas con el tiempo, honro cada uno de los rituales tan valiosos para nosotros en ese entonces y que ahora parecen forzados, a medias.
Tomo capuccinos y juego con la crema pero no estás ahí para ponértela en la punta de la nariz ni para reírte con mis payasadas.
Me siento vacío e intento agarrar el arenoso tiempo que alguna vez compartimos en esta ciudad que una vez poseímos, cuando el mundo parecía no existir fuera de las fronteras de nuestros sentimientos compartidos.
Los peregrinos se arremolinan a mi alrededor y ya no me hacen gracia la multitud de japoneses haciendo el símbolo de la victoria.
Los pliegues de la piedad ya no me parecen tan reales como cuando tú los seguías con un ojo cerrado y el índice, dibujando curvas en el aire . Ya no me emocionan las perfectas cúpulas ni las capas de historia que se acumulan a mi paso porque la única historia que me interesa no dejó ningún indicio arqueológico que excavar.
Esta es la ciudad más dolorosamente bella del mundo.

Advertisement

Acciones

Información

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s




Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.