Durante cinco días enteros no hubo guerras sobre la faz de su Tierra.
En el espacio que abarca una semana laboral no murió nadie, no se produjeron injusticias y las enfermedades se tomaron vacaciones.
Por el periodo de un, dos, tres, cuatro, cinco días esa bolsa de nervios en el estómago desapareció, los pulmones se expandieron y respiraron tranquilidad. Nuevas arrugas aparecieron en su rostro: sonrisas teñidas de felicidad.
En ese paréntesis sus pies no tocaron la tierra y sus entrañas se sintieron invencibles, dotadas de una paz cercana al nirvana.
Seguro, a salvo, se permitió olvidar el pasado, confiar en el futuro, disfrutar del presente.
Casi por una semana recuperó el rumbo de su vida y la dirigió hacia un sentido, una meta: el camino en sí. Y dejó de lado la anhedonia y hasta casi se permitió el lujo de soñar despierto.
Cuando aquella mañana le anunciaron por megafonía que la tregua se había acabado entró en un estado de shock. Y pudo notar en sus células como la gente volvía a morir, como las desgracias volvían a asolar su Tierra.
Y ahí, inevitablemente, en lo más profundo de sus tripas, los nervios volvieron. Para quedarse.